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lunes, 19 de marzo de 2012

Los desafíos del humor gráfico en la era de lo “políticamente correcto”


Clarín reunió a los humoristas Muñóz, Sendra, Garaycochea, García Ferré y Altuna, el editor Divinsky y el coleccionista Maradei.

En el principio fue el humor. El nombre mismo del género cómic viene de las comics strips (tiras cómicas) que publicaban los diarios y hoy es utilizado, como escribe Pablo De Santis en su libro La historieta en la edad de la razón (Paidós), incluso por “narraciones que no tienen nada de humorísticas”.

Para el dibujante José Muñóz, uno practica el humor cotidianamente para salvar el pellejo de la salud mental, “lo necesitamos para descargar el vapor de la estupidez de nuestra historia colectiva”. Carlos Garaycochea piensa al humor como un prestidigitador: “alguien que te da vuelta una cosa y muestra algo que no pensabas”. Fernando Sendra, por su parte, dice que si a un chiste hay que explicarlo, entonces el chiste es malo. “El humor es un código que cada autor consigue generar y es el lector quien debe decodificarlo. Por eso es un placer intelectual”, concluye. Manuel García Ferré piensa que el humor universal es mucho más complejo de abordar que el humor político o chabacano porque es un compendio de sensibilidades: “El chabacano llega a más gente porque hay mucha más gente con menos cultura, con menos sensibilidad. Pero el verdadero humor es el que trasciende idiomas”, dice.

Invitados al Salón de Libro de París, estos referentes del humor gráfico argentino fueron reunidos por Clarín para discutir sobre las dificultades que encuentran hoy para desarrollar su trabajo. Horacio Altuna está convencido de que el mayor problema del humor es que caiga en lo políticamente correcto. “Esa es la censura de nuestro tiempo, porque lo políticamente correcto impide hacer chistes que tengan un tufillo machista, o hacer chistes de judíos si no sos judío, o de homosexuales si no sos homosexual. Todo es así. Creo que el único lugar donde no tiene que haber censura es en el humor. A mí me puede gustar o no el humor que haga alguien, o que sea chabacano o que ataque a una minoría o lo que sea, pero yo jamás lo prohibiría”.

El humor suele generar polémica. Ocurrió en España cuando se prohibió la tapa de la revista El jueves donde se veía al Príncipe Felipe y a Letizia manteniendo relaciones sexuales. Ocurrió en Dinamarca cuando el periódico Jyllands-Posten publicó unas caricaturas de Mahoma. Ocurrió en la Argentina cuando Gustavo Sala, en Página/12, satirizó la vida en los campos de concentración nazis.

Pero es cierto que el humor gráfico del siglo XIX era mucho más feroz que el actual. El coleccionista Hugo Maradei recuerda la tapa de una revista francesa en la que se veía a un hombre sin piernas junto a un inodoro. “Hasta ese momento se usaban letrinas que estaban al ras del suelo, y el hombre se preguntaba cómo iba a hacer. Ese era el chiste”. Daniel Divinsky, que ha publicado en De la Flor a los más importantes autores del género como Quino, Fontanarrosa y ahora al más joven y genial Decour, cuenta que la Biblioteca Nacional le propuso armar un libro con piezas del humorismo gráfico de finales del siglo XIX y principios del XX. Se llamará La historieta salvaje. “Se rescataron unas cosas terribles que yo desconocía. Tiras antisemitas, o contra los pobres, y con respecto a la sátira política absolutamente sin límites. Yo no tenía ni idea de que la historieta haya sido tan salvaje en los comienzos de su historia”.

Garaycochea asiente y dice que el humor siempre busca resquicios por donde escaparse. “La inteligencia sirve para escapar a la tontería de la represión”. García Ferré está de acuerdo: “Un humorista es el peor enemigo que puede tener un dictador. Por eso el poder les teme”.

Una vez, en la Universidad de Málaga, Altuna le preguntó a un grupo de mujeres qué pasaría si, como humorista, él hacía los chistes que hace Maitena sobre el sexo femenino. “Te matamos”, dijeron ellas. “Es decir: Maitena sí puede hacer esos chistes, yo no”. Entonces uno podría preguntarse por qué hay menos mujeres haciendo humor gráfico. Sendra quiere hacer otra pregunta: ¿Por qué hay menos publicidades de calzoncillos que de bombachas? “Son cosas que no se pueden explicar”, dice. Garaycochea acepta que no hay la misma proporción entre hombres y mujeres. Por eso arriesga: “Lo que pasa es que cuando uno cuenta un chiste, la mujer no sabe dónde está la gracia”.

Todos (riéndose): “Eso no lo pongas porque es políticamente incorrecto”.
Garaycochea: No, sí, ponelo. Que me hagan un juicio.

¿Por qué en la Argentina hubo tantos humoristas gráficos?

Sendra: Es consecuencia de un público entrenado y ávido de humor. Fijate que no debe haber páginas más caras para publicidad que las contratapas de los diarios y están dedicadas al humor.

Altuna: También habría que decir que hay humoristas que hacen reflexionar y políticos que dan risa.

Sendra: O la pregunta que debería hacerse es por qué los argentinos tuvimos que decir en forma de humor lo que tal vez no se podía decir en serio.


Fuente:
http://www.clarin.com/sociedad/desafios-humor-grafico-politicamente-correcto_0_665933615.html
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